Juan Timura




La balacera fue en el puente La Gloria el 18 de julio de 1949.
Murieron algunos hombres, entre ellos el Jefe de las Fuerzas Armadas.
La Guardia de Honor se alzó en armas y el combate en la ciudad tardó unas veiticuatro horas.

Durante ese día una ambulancia tuvo mucho trabajo. El conductor, un desconocido llamado Benjamín Letona, mi tío, iba de regreso al hospital militar a dejar otro cargamento de vivos y muertos.
Estaban en movimiento cuando la ambulancia recibió ráfagas múltiples de plomo. De las cinco personas, tres resultaron muertas. Mi tío fue herido, la pierna izquierda era un amasijo de músculos, hueso y metralla. Sangraba y conducía con una sola pierna.

El día para algunos fue demasiado rápido y para otros, sobre todo para los que esperaban noticias, los minutos eran agonía. Una de las formas de no sucumbir a la pena era rezar y otra visitar al brujo por noticias.

Juan Timura se llamaba, era el brujo de Sololá, así le pensaban la gentes, aunque nunca lo decían, y menos de frente. En la calle era Don Juan Timura, de sombrero cafe, saco sencillo gris y zapatos gastados que usaba sin calcetines.
Tenía por oficio el matar carneros. Su casa estaba a más de una hora de subida, casi al salir del pueblo. Pero era tanta la angustia y falta de noticias, en un pueblo dónde la energía eléctrica consistía en dos o tres postes de alumbrado público, que mi abuela decidió consultar a Don Juan para saber cómo estaban sus hijos en la capital.

Mi abuela y una de sus hijas, Roselia, la acompaño entrada la tarde. Cuando ingresaron a la casa, don Juan les ofreció asiento.  Los ratones que lo acompañaban en su humilde vivienda se fueron a esconder en unos agujeritos redondos y perfectos. En una esquina había un cristo negro y un altar con muchos santos, ahumados de tanta candela.

Juan Timura puso muchas candelitas en el suelo. Se acomodó el sombrero y puso sus gafas gruesas encima de él. Encendió una por una las velitas de cebo que había llevado mi abuela, sin prisa pero sin pausa. La adivinación tiene su ritmo.
Justo antes de poner la última candelita, una del medio se dobló por la mitad. Había muchas de ellas, solo una se jorobó, como quien contempla a un viejo cansado que se curva para reposar.

Amparo, le dijo, uno de tus hijos está herido. No te preocupés demasiado, solo está herido. Mañana podés ir a buscarlo. Y así lo dijo. Simple y descarnado. Y al día siguiente por la tarde, mi abuela estaba llegando a la capital hecha un caos.

La abuela tenía conexiones, gente que podía abrirle el camino en la búsqueda.
Las listas de heridos y muertos estaban pegadas en la entrada de la emergencia de todos los hospitales a los que fueron. Hasta que por fin lo hallaron, tendido en una camilla, consciente y sonriente, con el suero canalizado y el cuerpo cubierto de sábanas.

No te preocupés mamá, le dijo, solo me hirieron una pierna.
La madre angustiada lo abrazó mucho y estaba recuperando el aliento, cuando una enfermera entra y dice a viva voz: ¡Benjamín! ¡Benjamín! encontré tu pierna.

La privatización de la salud (una pequeña reflexión sobre el IGSS, la milicia y el poder)

Privatización del IGSS
Foto de la película District 9 *



Cuando se habla de privatización, creo yo, hay que usar el lenguaje apropiadamente. Cuando a mí me hablan de privatizar lo que mis oídos escuchan es exactamente eso: privar, despojar. Se encienden las alarmas de un desgaste institucional perverso que quiere echar mano de una tajada presupuestal que, en el caso del IGSS, funciona con penurias. Se alude al sentimiento que despierta en la gente el ser tratado por las manos burocráticas de la seguridad social. ¿Pero será ese el problema de fondo? ¿Una cuestión meramente de funcionarios irritados y procesos dantescos para ser atendido?

Ésta gente, la del poder, pretende que yo me crea su fantasía que ponerle un alto costo a la salud es una solución para la crisis hospitalaria. Como si la crisis fuera de salud y no una crisis ética, de modelo económico errado y estructural, producto de procesos de corrupción del Estado por manos ávidas de poder y dinero sino además ávidas de exterminio y control por medio de prácticas excluyentes y nocivas en conjunto para toda la sociedad.

Esa gente dónde ve, que hay necesidad de buenos y mejores servicios lo que observa realmente es una mina que se puede explotar a cielo abierto, limpiándose así la dignidad humana como si se tratara porquería, una especie de lodo envenenado. Algo que nadie quiere. Ellos no usan arsénico para separar el oro de la tierra sino que usan la ley, articulada por supuesto desde el poder y no desde la justicia, y ejecutan las decisiones perversas de exterminio. ¿Parece que exagero?

Pienso que negar el acceso a la salud de parte del Estado, no puede ser otra cosa que genocidio estructural. Los que quedan fuera son una especie de aliens, cada vez se figuran menos humanos. Si el Otro deja de ser percibido, si el Otro no se ve o se esconde su sufrimiento de los medios, comienza a ser un paria, un indeseable, hasta tal punto que no lo reconocemos como un semejante.

Al ser despojados de la dignidad y humanidad es mucho más fácil ser tratados como insectos, como una plaga que escala los barrancos en busca de supervivencia. Esos productores de veneno criollista pretenden usar en spray sus ideales rancios de codicia para quitarnos el derecho constitucional y humano a la salud y algo quizá peor, ya nos han convencido de que eso es lo que nos conviene. Si tenemos las dignidades recortadas, el espacio en los medios emponzoñando la ya desgastada imagen del IGSS, se prepara el camino para que se borre de un plumazo lo conseguido por el primer gobierno de la revolución.

Esa gente quiere perpetuar su modelo criollista modernizando los métodos de esclavismo, y una de las formas de conseguirlo es controlar la salud en manos de quien lo que quiere es efectivo en toneladas métricas. El monstruo del poder come carne humana molida. La privatización de la salud es en realidad la privación de la vida.

Por otro lado, sigue latente en mi cabeza ese enorme desperdicio de recursos en la milicia. En el más ingenuo panorama, cualquiera reconoce que un médico es socialmente valioso, sin embargo, en este país a los militares no se les toca, al glorioso nadie objeta, porque con seguridad son el mal necesario de sus patrones, que ejecutan las acciones para postergar el poder. Decir que no hay presupuesto para salud cuando se compran balas es un insulto perverso a la dignidad humana y una prueba más de que los que mueven los hilos fueron humanos pero son ahora monstruos.

Los guatemaltecos debemos preferir la vida y no la muerte. Poner en la pira al IGSS no es más que la confirmación de que ya somos aliens que debemos ser exterminados.
Comparando la delincuencia rampante en las calles, y la falta de acceso a la salud, intuyo que los que mueren por la segunda razón son muchísimos más que los de la primera. El genocidio estructural, creo, mata más personas de manera silenciada, sobre todo ante los medios, que cualquier pistola cargada de balas y es mucho peor, porque la carnicería no reconoce como suyos a los que debió salvar como parte de la comunidad humana a la que pertenecen.

Aquello que está detrás de estos modelos sigue siendo el mal llamado libre mercado (fundamentalismo de mercado) que convierte en mercancía a todo. Es imprescindible entender la mecánica del modelo de la economía neoclásica para develar sus falacias, entender cómo se pervierte la ética que permite quitarle el rostro y la dignidad a las personas, entender como se usa la ley en función del poder, para que luego se pueda construir, una comunidad en dónde las personas sean una categoría distinta que la de un recurso humano.



* En la película District 9 el personaje principal se va convirtiendo en uno de los aliens que él mismo quería desalojar. Deja de ser parte de la especie humana y por lo tanto desprovisto de los mismos derechos y es perseguido para ser usado, abusado y luego eliminado.

Crónica de una inmersión con doña Locha


Jueves 21 de abril. Puesta en escena de La Casa de Doña Locha.
Me enteré como otros por facebook o algún amigo.

Caminamos por las calles de la zona 1 a las 7 de la noche. Pocos caminantes y alguna que otra prostituta en la esquina, afortunadamente no hacía mucho frío.
Llegamos  donde La Majo, 12c 3-08. Entramos y nos recibieron cálidamente. Como en muchas ocasiones, cruzar alguna puerta es pasar a un sitio desconocido, a un tiempo que parece colgado de una fotografía vieja, de los recuerdos de nuestros padres o abuelos. No sabíamos que los que entran a la casa de doña Locha eran transformados en clientes y trabajadoras de tan distinguido lugar. De haberlo sabido, lo apropiado hubiese sido el sombrero, chaleco y los tirantes.

Llegado el momento  apareció la dueña de la casa, con maneras finas y voz gruesa, pero dulce anunció las gracias de los servicios de este lugar particular. Es ahí dónde me di cuenta que dejé de ser espectador y me convertí en una especie de actor secundario que ignora el guión y toda la historia que sería contada. Además de haber brincado a los años 30s de un golpe. Caí en un cuadro surrealista y decidí participar si la ocasión así lo requería. Y lo requirió.

Una a una fueron apareciendo las bellas de la Casa, brindando a los espectadores sus delicias, movimientos y gracias.  Llámese burlesque o tal vez teatro de inmersión, el asunto es que allí, el diálogo era un discurso colectivo en el que aquella diva de nombre Josefina iluminó con su voz y, con sus labios  de durazno nos dijo mucho más que la letra de sus canciones. Los meseros eran parte activa del servicio y de la actuación. Si no se conocía a los demás, no era difícil imaginar que todo el mundo actuaba allí.

Pronto tomó el micrófono Samantha, de peluca rosa, de un ingenio y picardía tan ágil que las sonrisas siempre estuvieron dispuestas. La gente estaba embelesada, sonreía con los ojos, las bocas y toda la cara.

Doña Locha, despues nos invitó a recorrer la casa a buscar a Julito, el cantinero que según dijo, tenía un vicio con el fuego o era aprendiz de pirómano. Fuimos recibidos en otra parte de la casa por malabares de fuego, como una antesala calurosa para lo que estaba por venir.

Se apagaron las bolas de fuego y fuimos a otra sala de la casona. Sillas contra las paredes. Una mesa en el centro sostenía a una mujer: La Nena. Tuve una vista privilegiada de algo más que sus piernas y de sus manos trasladándose sobre el cuerpo hecho una y diez curvas y un solo fuego invisible. Sus gemidos eran claros y todos los ahí presentes respirábamos por todos los sentidos su mensaje, como una fuerza de la naturaleza, abarcadora, no solo porque el inicio erótico lo recibieron mis ojos agradecidos sino porque su mirada era  penetrante mientras, sentada se abría de piernas y gesticulaba con necesidad. Ese erotismo se trasladó a un monólogo lleno de verdades, tristes y siniestras. La mirada de La Nena simplemente era un asalto a mano armada, y hubieron varios que no la soportaron y tuvieron que ver el suelo. Yo estaba hipnotizado por todo lo que decía, con la voz y el cuerpo, porque no era una sola cosa. Su monólogo era múltiple. Todo su cuerpo era un megáfono de sensaciones y crítica a la realidad femenina. Una crítica al amor, al concepto de puta y a la misoginia masculina y femenina.

Una trifulca entre el mesero y el cantinero fue separada por la dueña de la casa. Esto dio paso al siguiente acto en el que Don Juan (entre el público) apretara con su poder el deseo de sus fantasías volcadas en Samuel, en los pies de Samuel. Quién presentó una danza llena de desenfreno y asco, de la pérdida de la dignidad y la aceptación de no ser más que un esclavo. Como muchos de nosotros lo somos de las voluntades del poder.

Nuestros corazones y nuestras mentes estaban electrizadas, yo quedé lleno de adrenalina y procesando todo lo que experimenté. Nos invitaron a regresar a nuestros asientos.

Se escuchó el característico tema de la pantera rosa y detrás de su música apareció en sombrero y vestido antiguo, Rosa, con una mirada que publicó ingenuidad al principio pero reveló poco a poco los movimientos dignos de una habitante de la Casa. Un streaptease tan digno que Rosa practicamente no tenía ropa pero la realidad fue que nadie hubiese dicho que estaba desnuda. Una pantera morena llena de picardía y sorpresas.

La noche fue cerrando con una declaración del portero a doña Locha que brindó un streaptease a algunas mujeres y a un  hombre, quien lo recibió de mala gana.

Superándo todas mis expectativas me llevé en el corazón las emociones que despertaron en mí estos magníficos actores y la promesa de conocer otras propuestas, que seguro llenarán ésta u otra Casa más grande de gente con mentalidad lo suficiente abierta para recibir alguna que otra sacudida a sus tabús.


Recomiendo altamente visitar a los habitantes de esta puesta en escena los jueves a partir de las 8pm. Algo fresco y fuera de cualquier convencionalismo. No solo es un show, además aprenderán alguna que otra cosa de ustedes mismos.

***

Nota:
Éste personaje que parece sacado de las sombras de una Guatemala ya pasada no es desconocido para mí.
Resulta que mi mamá le compuso a doña Eloisa vestidos en un almacén, ya desaparecido llamado Almacén Femenil, que quedaba en la 9calle y entre 5 y 6 avenida, dicho sea de paso, la educación y el buen gusto eran las constantes que revestían en aura mística de doña Locha.

Dejo acá algunas fotografías del elenco:











Crítica reflexiva USAC


La autocrítica es fundamental para las personas como para las instituciones. Se vea por donde se vea si no se hace la reflexión sobre el quehacer y sus resultados, así como de un repaso teórico de nuestros fundamentos como universitarios, es muy posible nos estemos mordiendo la cola o tropezandonos con nuestras largas corbatas. O peor aún, que la puerta ya nos agarró el dedo y no sepamos que lo hemos perdido.

Mi reflexión es una opinión, como las hay muchas, valga la obviedad de decir que el mundo solo se ve por medio de los ojos propios. Luego, si se quiere, se puede reunir otros pensares para articular en conjunto un discurso colectivo.

Dicho esto, con mayor soltura paso a la crítica.
Conozco varios procesos administrativos y académicos de la Universidad, de forma directa e indirecta, y a veces, se me figura que en la Usac éstos procesos son muchas veces un encademiento de chapuces. Y aunque se desee con toda el alma mejorar. Aparece la zancadilla política, la miopia indolente, el auditor mezquino, el papel firmado que va y viene en una procrastinación infitita. Con todo ello termina uno remendando los parches agujereados. O agregando tuberías innecesarias para parecer que se trabaja, cuando solo se posterga.

En la mayoría de Unidades o Dependencias veo que se redactan informes "para cubrirse las espaldas", como si se tratara de  protegerse de una guerra fría en el trabajo. Si no son algunos auditores con criterios sacados de la indumentaria de un sombrerero loco, lo es la Contraloría que afila la guillotina para una simpleza y de repente padece hipermetropía para ver los números gigantes de proyectos o servicios que quizá sí merezcan un chapuzón a las profundidades poco o nada iluminadas. Si no son los anteriores (por mencionar solo los más emblemáticos) son los procedimientos mismos, tal es el caso del Sistema de Inventarios, que parece haber sido el laberinto pensado por Dédalo y al que hay que entrar con un hilo guía y muchos encantamientos protectores para poder salir vivo antes de que el Minotauro nos encuentre.

Cuando yo me veo en medio de esta telaraña de procesos, que en la mayoría de los casos están inconexos unos con otros porque representan el dominio de alguna otra Dependencia o Unidad Académica, uno parece que sube gradas y las vuelve a bajar por el mismo sitio. Hacer algo muy simple se convierte en algo complicado. Y parece que uno brinca de aquí para allá o hace dar vueltas a los usuarios, porque a pesar de que llevamos por título Universidad de San Carlos, parece que las mentes que ahí trabajamos día a día nos metiéramos en un túnel del tiempo, y apareciéramos en señoríos feudales, en dónde para hacer algo se hace con el "conecte" de alguien, con el consentimiento de algún poderoso señor decano o representante de algún conde del CSU, y ¡Dios nos libre! de estar en malos términos con alguien que ostente algún poder porque acá pueden haber muchas leyes, pero la mayoría son aplicadas según la conveniencia de quienes representan y articulan ese poder. Fácilmente uno puede enloquecer de impotencia. Aquí debería, en cambio, ser el ejemplo de eficiencia para la sociedad guatemalteca.

Aquellos que no tienen ese poder usan la fórmula eficaz del bloqueo, el garrote y la intimidación. Esos aquí, se hacen escuchar a la fuerza porque parece haber una enorme sordera entre lo que se debe hacer y lo que se percibe que se hace como Institución.

Estoy seguro que hay decenas de proyectos interesantes y provechosos para la sociedad y para mejorar la Universidad. ¿Cuántos de ellos se realizan?¿Qué razones se dan ante lo urgente? Simple y sencillamente uno ve que se repite ese mantra malicioso que dice: no hay presupuesto. Entonces todo el año se pasa paliando la emergencia en vez de dedicarse a lo importante. Es una tubería que está tan rota que hay más parches que tubería.

Todos exigimos mejores servicios y más rápidos, pero, ¿Cuanto se invierte en lo que representa esas mejorías? Cuando uno propone que se debe hacer mejor, en la mayoría de los casos se escucha decir: fíjese que, aquí así es. En un punto han habido mejoras. Una de ellas es Misión Carácter, que si bien el fundamento no es lo que la Universidad requiere en el fondo (dado que hay una sospechosa manipulación y adoración de lo individual), se percibe que uno es importante para la Usac, se siente partícipe de un proceso de mejora, aunque solo sea personal e interna. Pero hay que reconocer que debe ir de la mano de modificar condiciones materiales, impostergables si no queremos desgastar lo logrado hasta ahora. Es decir, no se le puede pedir al jardinero que trasplante secoyas con una cucharita de té, aunque se tenga la mejor de las disposiciones y voluntad inquebrantable.

No parecemos Universidad, somos una Diversidad fragmentada que permanece junta por el simple hecho de estar en el mismo lugar. Véase por ejemplo la cantidad de papelería que se requiere en las unidades académicas para procesos que bien pueden ser automáticos. Por ejemplo: control académico pide constancias de incripción y certificados de cursos aprobados y solvencias, cuando, ellos mismos tienen la capacidad de validar si el estudiante está inscrito, si está al día en los pagos y si tiene los cursos correspondientes. Otro ejemplo es la compra individual de equipo de cómputo. Cada quien va gastando según su presupuesto, cuando perfectamente se puede reunir todos los requerimientos y hacer una compra grande y por mucho, más económica. Es más, ni siquiera deberíamos comprar en el mercado nacional, sino en el internacional para ahorrar.  Yo propuse este esquema hace 3 administraciones por medio de automatización y priorización con software libre, pero simple y sencillamente no fue atendida, o entendida. Hubo, como en muchos otros casos y proyectos: silencio absoluto.  Acá no solo hay que nadar contracorriente sino ir con celada, escudo y quizá deschavetarse para ir a toda marcha contra molinos de viento, que en nuestro caso, son en realidad gigantes que nos esperan con picas. Y hay de aquel que con ciega locura un tabú pretenda destapar. Dice el periódico que La Reforma Universitaria va. Pero, ¿A dónde? ¿Con quienes? Desde dónde yo estoy, muy probablemente no alcance a ver semejantes alturas, pero desde este sótano lo que parece es caracterización, maquillaje. Espero equivocarme. Deseo equivocarme al respecto.

Algunos simplemente no podemos limitarnos a hacer el trabajo asignado, a no pensar en el mañana, a salir a las 3:29 pm y hasta el día siguiente. Muchos de nosotros nos atrevemos a imaginar que la Usac puede ser un sitio digno y dignificante para Guatemala. A mí no me convence y hasta me asquea cuando escucho ese chovinismo ignorante de: grande entre las del mundo tricentenaria Universidad de San Carlos de Guatemala. No señores, no somos eso. Basta con que veámos los rankings para que nos pongan en nuestro lugar, esto es, que no aparecemos ni en las primeras 500 posiciones. Aunque me parece loable el que pretendamos ser realmente de las mejores, pero, ¿Cómo lo conseguimos? ¿Realmente estamos dando pasos para lograrlo? ¿Cómo va el Plan Estrategico 2022? ¿Y las acreditaciones? ¿Estamos cumpliendo el fin fundamental de elevar el nivel espiritual de los habitantes de la República?

El proceso de construir una Universidad, ciertamente es complejo, pero estoy seguro que el norte lo debe marcar la responsabilidad por las personas, por derrotar ese cortoplacismo asfixiante que solo tapa un oyo abriendo otro. Se puede si dejamos de contratar currículos, recomendados y pagos de facturas de apoyo político, se puede si hacemos que el trabajo sea la medida de nuestra dignidad, si aquellos que ensucian la Institución con corrupción son señalados y destituidos. Es posible si comenzamos a aparecer en los diarios tomando decisiones políticas de acuerdo al mundo social en que vivimos y no a la retórica partidista de turno. Es posible si de verdad la Reforma será una catapulta al futuro y la Investigación una constante tácita que no se pueda imaginar nunca más a la Usac como un colegio mayor.


Crónica de un túnel del tiempo de Casona



En mi librera hay un pequeño libro de un autor que algunos recuerdan de la secundaria: Alejandro Casona.
Lo he releído en dos ocasiones y hace una semana comencé de nuevo con Prohibido Suicidarse en Primavera. Leerlo es meterse en aguas frescas. Una comedia que va en serio y aunque fue estrenada en 1937 continuará siendo actual, tan actual como pueda serlo el amor, la soledad, el dolor, la envidia, la vida y la muerte.

Siendo así, el viernes pasado recibí el anuncio de su puesta en escena por la Universidad Popular y aprovechando que no la conocía, llevé a mi familia.

Mi mamá, que ahora tiene 74 años estudió ahí cuando iba por los 18. Según sus palabras el sitio luce igual.
Ha de ser cierto, porque luego de comprar en la taquilla y pasar por la entrada del teatro fue como cruzar de un solo golpe a los años veinte. O más bien, a como me ha enseñado el cine que lucen aquellos tiempos.

Sentí que descendía a una especie de caverna platónica a la inversa, en dónde la luz no provenía desde afuera, sino que brotaba de los actores y sus diálogos, y era yo, el que en las sombras iba siendo iluminado por la finura del humor de Casona y su sentido crítico. Todo ahí lucía antiguo, pero digno, bien cuidado. Todas las fotografías de tantos personajes del teatro y las letras, tristemente, la mayoría desconocidos. De pronto suena una campana anunciando la primera llamada. Dudé por un momento vivir en el 2016.

Raymundo Coy interpretó al doctor Roda en este Hogar del Suicida de manera magistral. No me lo imaginé así físicamente, pero sobrepasó mis expectativas toda la frescura y la fuerza de lo que dijo. Y los demás, pulidos en el arte dramático. Estos actores y su trabajo lograron algo que el cine muy pocas veces consigue: me hicieron sentir.
Esto me hizo tener en cuenta la cantidad de tiempo que he desperdiciado yendo al cine. Teniendo ahí a gentes de gran capacidad, que por supuesto, están muy por encima de otros teatros que solo reciclan Hollywood.

Al concluir el primer acto, me alegré de que nos permitieran ingresar algo de beber y comer. Sin más el segundo acto dio inicio a desatar ese nudo y permanecer en mi mente esos diálogos simples, pero llenos de profundidad.

Me llevo este recuerdo grato como incentivo de visitar más a menudo el teatro guatemalteco, que espero siga dándole vida a obras clásicas y producción propia.

El amor es una palabra...

El mundo es lo que hemos hecho de él. Por supuesto. ¿De qué manera sería sino de esa? Mi mundo interno a veces es una casa desordenada, pero ¿Quién no lo es?

En estos días, en los que circula en el ambiente el recordatorio constante de comprar un regalo para demostrar el tamaño de mi amor, es importante recordarme a mí mismo qué cosa entiendo yo por amor.

Hago silencio. Apago los ojos y hago el ejercicio de ver una pantalla en blanco.
Si alguien ha intentado poner sus pensamientos en blanco o enfocarlos en algo preciso, sabrá lo difícil que resulta. Pues bien, me puse a pensar en el amor. Así, como se intenta reconocer un árbol o recordar la primera vez que comí una pera.

Imposible. No pude. Lo más lejos que pude llegar fue imaginar el cariño de mi mamá cuando me amamantaba. Sus manos cariñosas. La primera vez que vi a la adolescente de lentes gruesos y mirada clara, esos ojos con tantas ganas de vivir y de la que me enamoré. El toque de la frente de mi hija a segundos de haber nacido, su olor a fiesta de bienvenida. La primera vez que me rompieron el corazón o la primera vez que lo rompí yo.

Luego en esa casa imaginaria de los pensamientos, se abre la ventana de la tragedia. Ahí dónde se mira a bebés abandonados entre la inmundicia, ahí dónde hay padres violentos, ahí dónde no hay padres ni madres ni familia ni amigos. Ese lugar tenebroso donde a lo humano se le pisotea a drede, como si fuera malahierba. Suelo envenenado. Ese infierno del que brotan monstruos sociales con guadañas al hombro.  Ese lugar horrendo donde no hay amor.  No me atrevo a dejar abierta la ventana, pero tampoco a cerrarla por miedo a negar lo que mis ojos ven. La dejo así. El mundo es lo que hemos hecho de él.

Al amor parece que le pasa como a los animales silvestres: se está extinguiendo. A veces parece un cautivo de la soledad. A veces parece un feto contrahecho que no sobrevivirá.
Muchos mañana parece que celebrarán halloween. Llevarán su mejor disfraz. Dentro de cada cupido hay un payaso sardónico diciendo: give me more money.

El amor es extensivo y todos los días. O para siempre mientras dure.

Hace muchos años, me tatuaron el cerebro con una frase. Quizá me sembraron una idea poderosa: el amor es una palabra, lo importante es la conexión que ella implica.

Visto así, aquellas relaciones que tenemos con otros, se fortalecen o se dañan dependiendo de lo que nosotros comprendemos por esa palabra tan corta y poco específica. Algunos podemos ser vistos como cascarones adultos y encorbatados, pero llevamos dentro un niño asustado, desnutrido de amor, mal desarrollado, inviable para el corazón.

Para mí es muy simple. Prefiero un mundo con amor que sin él. Por supuesto que un mundo más grande que el mío no se sana con cantidades desmedidas de cariño. Hay gente muy dañada cuyo concepto del amor es incomprensible o está pervertido por dogmas, odio o simple y sencillamente los han convertido desde niños en psicopatas.

La cantidad de tiempo que viviré es cósmicamente despreciable como para desperdiciarlo en una vida sin amor.







La horita



La calle Montufar a las cinco de la tarde es una procesión de autos a todo humo.
La luz roja del semáforo es un ojo diabólico que no me deja respirar. Quiero reventarlo de una pedrada.

Entre esa fauna metálica de llantas, bocinazos, frenazos y dulces palabras de aliento en una clara invitación a apurarse o bajar y  romperse la cara. Está un tipo. Flaco, tambaleante y simpático vendedor del vespertino La Hora. Sonríe. Parece un niño metido en un cuerpo de adulto. Lleve su horita. Dice mientras corre de lado a lado en los carriles embutidos de carros. 

Pregona los titulares y le compro un ejemplar. Me lee de pie junto a la ventana. Le pago y me pregunta por el significado de lo que acaba de leer. Se lo explico con calma aunque mi mente lleva prisa. El pie derecho quiere empujar el pedal al fondo. No puedo hacer nada. Estoy atrapado en esa piara inmunda. Me olvido por un momento del ojo rojo del semáforo y ese diablo ya no me mira.

Dos quetzales por un manojo de malas noticias. Aunque bien escritas. Estar informado significa estar envenenado. Si es en dosis no letales el cuerpo se acostumbra. Aunque pienso que acostumbrarse a lo cruel y perverso es una forma de hacerse perverso uno mismo. Como hacer callo donde cae muchas veces el mismo chicote.  No es buena idea acostumbrarse nunca a lo tenebroso de la vida. Jamás el pez le tomará cariño al anzuelo. Acá arponean todos los días, a veces por los motivos más idiotas.

Yo no acostumbro a leer los periódicos. Pero le he tomado respeto a La Hora. Simple, corto y al grano.  Busco al menos una noticia buena. A veces la encuentro y es un gusto leerla en voz alta, o pedirle al copiloto que la lea. Para sentir que las noticias buenas son ciertas, hay que decirlas. Expresarlas. Si no se disfruta ese pequeño desliz de nuestra realidad en ese momento. Puf. Se esfuma. Mañana estará en el olvido.

El semáforo cambia a verde y la calle se convierte en un rio que lleva a una manada enfurecida. Todos queremos llegar a un lugar donde en unas horas, en una macabra rutina, volveremos a salir.